martes, 20 de diciembre de 2016

DÍA 19 / LIBROS 19: El ejercicio de volver extraño lo familiar

Isol. El menino. Buenos Aires, Océano, 2015.
Vaccarini, Franco. Cómo bañar a un marciano. Buenos Aires, Edelvives, 2015.

Los formalistas rusos solían decir que el acto de volver extraño un objeto era lo que determinaba que la aproximación a él era artística. El extrañamiento (u ostranenie) es una estrategia muy propia del arte, su mirada más pura, y consiste en recortar un elemento de lo cotidiano y quitarle la familiaridad con la que solemos abordarlo. En este ejercicio, se logra desautomatizar la percepción y podemos acceder al objeto con “ojos nuevos”. Para que ello suceda, es fundamental cómo se describe el objeto. En la forma está la diferencia.
¿Y qué pasa si la mirada de extrañamiento la ponemos sobre un otro tan cercano como un hijo o un  hermano, un ser humano muy parecido a nosotros? Pasan libros como El menino, de Isol, y Cómo bañar a un marciano, de Franco Vaccarini. Dos joyitas del arte LIJ. 





Ambos libros son catálogos detallados de las características y comportamientos de un bebé humano, que vendría a ser su objeto de estudio, realizado con textos e ilustraciones descriptivas. En el primero, a modo de trabajo antropológico, un bebé (el Menino) es observado y analizado de cerca por su mamá. En el otro, por su hermano mayor. Los dos son tomados por extraterrestres, o vaya a saber qué ejemplar extravagante, bicho raro, sapo de otro pozo, extranjero de entre nosotros, por supuesto. Su origen es incierto, aunque mucho no interesa; lo importante es que están acá. Y tanto el Menino de Isol y el marciano de Franco Vaccarini llegaron para desordenar.

En el interior del narrador de Cómo bañar… se produce una lucha entre el odio, la curiosidad y el cariño. El extraterrestre que vino a desplazarlo de su cómodo lugar de ser único lo está incomodando de todas las maneras posibles. Franco Vaccarini encuentra el tono exacto para presentarle al lector el complejo y contradictorio encuentro con el hermano nuevo.
Las instrucciones que promete el título están consignadas en el cuaderno del protagonista, y eso es lo que el libro nos muestra: la reproducción de las páginas escritas y dibujadas por el narrador, al mejor estilo diario íntimo. Las ilustraciones de Carlos Higuera son fundamentales para que Cómo bañar a un marciano funcione, no solo estéticamente –¡exquisito!–, sino también a nivel narrativo. Mateo, el nuevo hermanito, será retratado a lo largo del libro como un extraterrestre verde. Recién cuando el texto introduce la "verdad" del hermanito humano, la imagen se modifica.  


Con la llegada de un hermanito, el mayor descubre un mundo de cosas y sentimientos nuevos, algunos amenos y otros más difíciles de digerir. Se trata de un proceso de aprendizaje, y una manera totalmente lógica de atravesar ese proceso es transformar al hermanito en un marciano, obvio.  



El Menino, por su parte, se presenta como un relato basado en hechos reales y tiene un estilo más formal, como de manual. Entre tonos pasteles y una paleta acotada, nos muestra un recorrido que se inicia con la llegada del Menino, quien literalmente cae del cielo. 
Con mucho ingenio y sutileza, el narrador desnaturaliza cada acción del bebé y cada parte de su cuerpo. Nos explica cosas básicas que tenemos incorporadas como especie. ¡Es difícil! Un ejercicio de irse lejos y luchar contra nuestro conocimiento de siempre para conocer de nuevo y de otra forma. Y así entender distinto.



La ilustración es fundamental para construir el sentido. Por ejemplo, la descripción de la nariz es la siguiente: “En medio de las ventanas [ojos] y la ventosa [boca] hay dos agujeritos que son túneles hacia el interior del Menino. Por allí entra y sale el aire, rápido como un conejo. El Menino los revisa seguido y se ocupa personalmente de mantenerlos destapados. Es que al Menino le encanta respirar”. Y vemos a un bebé hurgándose la nariz.

El libro de Isol termina cuando el Menino descubre que los adultos también fueron meninos (y que de algún modo nunca dejan de serlo) y logra así identificase con ellos y pertenecer a su mundo. A la inversa, el libro de Vaccarini concluye cuando el narrador se equipara con el marciano. Lo extraño, en ambos casos, se suaviza al encontrar su lugar.   


Descentrar lo conocido funciona entonces como una manera de reacomodar bajo otras leyes. Finalmente, nos alejamos para conocer mejor, yendo hasta el fondo de nosotros mismos, y para crear con los otros lazos sinceros y despojados de los deberes convencionales. Nos alejamos para acercarnos con más fuerza al núcleo. Aprendemos a entender desde cero al Menino y a querer al marciano tal cual es, no porque debamos hacerlo, sino porque se gana la pertenencia a la familia y nuestro cariño siendo tan raro y adorable.
De todas maneras, en el inicio de este texto nos preguntábamos qué pasaba si la mirada de extrañamiento se posaba sobre un ser humano muy parecido a nosotros mismos. Pasan estos dos magníficos libros, repetimos. Y en ellos, de tanto desfamiliarizar a un semejante, pasa la enorme y profunda situación de convertirnos nosotros mismos en extraños frente a nuestros ojos.